sábado, 1 de agosto de 2020

LA FOTO

Imagen de la red
Le pedí que nos hiciera una foto en la cubierta, con el mar de fondo. En ella, Marina aparece desencajada, con una sonrisa que no lo es y la mirada hacia estribor. Yo miro al objetivo, con una felicidad que creía desbordante, cuando en realidad se me iba por la borda. Era nuestro primer crucero. Y el último. Hoy lo sé, Marina ya conocía antes de embarcar al que casualmente pedí que nos tomara la instantánea. Y el casual a Marina, también. Era yo el que no conocía a ninguno. Y en esa fotografía de nosotros dos, se le ve también a él, justo en los ojos esquivos de ella.

Relato con el que participo en Zenda, cuyo tema es #Historiasdeviajes

sábado, 25 de julio de 2020

El vicio de morir


Imagen de la red
Mamá, empujada por la vida, se acostumbró a morir tres veces al día: por la mañana, a mediodía y por la noche, siempre después de las comidas. Papá lo hacía una tarde sí y otra no, salvo si había partido, que entonces se la saltaba. Según él, el fútbol le hacía revivir. La abuela lo intentó un martes, y nunca más; que ya tenía una edad para andar espichándola sin venir a cuento, dijo. En cambio, mi hermano se volvió un vicioso de expirar; moría y moría sin parar. Y le daba igual que hubiera alguien delante. Hasta Roco aprendió a hacerlo, antes que a traerte la pelota, y estiraba las patas de vez en cuando. Pero yo nunca he dejado de resistirme. Morir por morir me parece un derroche de fallecimiento sin más. Que soy un vividor, dirán en el más allá; lo sé, pero y qué. Me niego a sobrevivir enganchado a la muerte de por vida.

Relato Ganador en el VI Concurs de Microrelats d’iSabadell, patrocinado por Llibreria Paes.
Tras varías ocasiones presentándome a este concurso, en el que solo conseguí hace unos años ser finalista, por fín me llevo el PRIMER PREMIO en lengua castellana. Es un concurso que, al convocarse en Sabadell, mi ciudad, me hacía especial ilusión ganar. 

sábado, 11 de julio de 2020

EL ESCONDITE



A mi hermana la perdimos esta mañana dentro de un paraguas negro. Era del abuelo, del que se murió de pronto y sin ganas. Siempre está en el paragüero de la entrada. Mi madre no quiere deshacerse de él; para no olvidarlo, dice, o por si llueve.
Rosina lo cogió para jugar y mamá le chilló que ni se le ocurriera abrirlo dentro de casa, que traía mala suerte. Pero ella, que ya lo había abierto, con el grito se puso tan nerviosa que lo cerró estando debajo y la tapó entera. Viendo que no salía, lo desplegaron y Rosina ya no estaba. Mi madre se ha llevado una irritación de las suyas y tuvieron que darle Agua del Carmen. Hay que ir a buscarla, dijo alguien. Y he ido yo, porque si no, me tocaba poner la mesa.
Llevo rato aquí y aún no la he visto. Esto está lleno de niños perdidos o fugados, jugando al escondite. Me he sentado a esperar a que la encuentren o a que salga ella para salvarse. Entonces, me acercaré y le diré que tenemos que irnos, que mamá casi se desmaya y que nos están esperando para comer.

Relato ganador del Concurso de Microrrelatos "Los Niños del Paraguas", convocado para conmemorar el 25º aniversario de la creación de la Empresa Municipal Aguas de Cádiz, S.A. 
Clica AQUÍ para conocer a los finalistas, entre los que se encuentra Patricia Collazo, presente en muchos concursos, y al resto de clasificados en las demás categorías.   

sábado, 21 de marzo de 2020

El perro limón

Imagen tuneado de la red

Mi perro se come las flores del limonero. Las que caen abiertas. Y los capullos sin abrir, que son como garbanzos rosados con rabito, también. Me di cuenta porque comenzó a ladrar en un amarillo tan chillón, que deslumbraba al oírlo; aunque estuvieras lejos o fuera de noche. Como sé lo que molesta que te encandilen sin venir a cuento, pensando en los vecinos, intenté poner remedio. Lo amarré con una cadena que no le permitiera acercarse al árbol. Así lo he tenido cuatro semanas. Y, si bien es cierto que ya no refulgía ni molestaba el color de sus ladridos, que volvió a ser normal, entre el marrón y el aluminio de siempre, he empezado a notar que el limonero ya no es el mismo. Está pocho. Yo lo riego igual y le pongo abono, pero lo veo alicaído. Cabizbajo. De hecho, si uno entrecierra los ojos y lo mira, su estampa se parece más a un sauce llorón que a un cítrico. Además, las hojas se le están volviendo traslúcidas, como alas de mariposa. Temo que a este paso una mañana me levante y haya echado a volar. Así que, después de sopesarlo, he decidido que hoy mismo suelto al perro, para que se quieran como antes, y reparto tapones de los oídos y gafas de sol entre el vecindario.

Relato aparecido en "Liebre por gato", la sección de "Los diablos Azules" en INFOLIBRE. Agradecidísimo a Gemma Pellicer y Fernando Valls, coordinadores de dicho espacio y difusores del género breve. 
Pinchando AQUÍ podrás conocer y leer a todos los microrrelatistas que han pasado por sus páginas.

sábado, 7 de marzo de 2020

DESCANSO

Imagen de El País

Su madre le coge la cara entre sus manos para que solo la mire a ella y no vea nada más. Otras veces le tapa los oídos mientras canta. Pero las explosiones no le dejan oír la canción. Si corren juntos, es un juego. Lo mismo que si se esconden o guardan silencio mucho rato. Antes jugaba fuera. Ahora no. Casi no hay niños en ningún sitio y, según él, las callen están rotas. Cuando pregunta por alguien, ella le contesta que se ha ido de vacaciones. Pero él ha visto cómo algunos se van y a otros se los llevan. Aunque hay muchos a los que no ha visto irse. Ni quedarse. No los ha visto más.
Por las noches, tumbada junto a él, su mamá le cuenta historias que se inventa y otras que no. Al final, cierra los ojos para que ella crea que se ha dormido. Así puede descansar de hacer que no se asuste. Quitar el miedo debe ser lo que más cansa de este mundo. Entonces, está tan agotada, que siente que está igual de rota como su calle, y la oye llorar como hacen todas las madres.

Relato participante en la propuesta de ZENDA para el 8 de marzo, #Heroínas

sábado, 22 de febrero de 2020

La pérdida del Sahara

Imagen de la red

Serafín enviaba cartas desde el Sáhara que hacían llorar a las mujeres de la familia, sin distinción. Y a algún que otro hombre, con disimulo. Sobre todo, desconsolaban a su novia, que era incapaz de sobreponerse a la fórmula de kilómetros por dolor, partido por tiempo, que le daba como resultado su propio desierto, árido a más no poder; y a la madre, que no acababa de situar África en el enorme extranjero del que todos hablaban, ni imaginar, ella, que jamás había pisado la playa, que tanta arena junta fuera posible ni buena para nadie.
La mañana que volvió, después de tres años, les trajo una pañoleta con un mapamundi pintado a la chica y un cenicero con el escudo de la Legión a la madre. En el que, por supuesto, ella no iba a dejar que echaran ceniza, que para eso ya había otros repartidos por la casa. Sobre el pañuelo, el recién licenciado les señaló con el índice dónde estaba el lejano desierto, tan próximo ahí a España. Era la primera vez que ambas miraban el mundo entero de cerca y le sacaban algo de provecho. La madre lloró un poco más, aunque le pareciera menos remoto que antes, y se fue a por un conejo para hacer un arroz con él; que a saber lo que se comía por esos mundos raros y que tardaría un poco, se levantó diciendo. Y mientras él, ya a solas, le daba besitos por el cuello y la nuca, la joven, observando aún el continente, fue descubriendo nombres que ella asociaba a Liz Taylor, a Ingrid Bergman, a la Hepburn, a Ava Gardner; todas ellas conocidas suyas del cine de verano. Cuando alzó la cabeza para mirarle, era otra: África le brillaba en los ojos, y el Kilimanjaro le asomaba por el botón recién abierto de su escote.

Relato que obtuvo el 2º Premio en el "I Certamen de Microrrelatos A.VV. Muñoz Arenilla y Reina Victoria", de Cádiz, alla por el mes de diciembre.

sábado, 25 de enero de 2020

El deseo inmerso

Imagen del certamen

Las tardes de por sí aquietadas de los domingos, amordazadas además por el calor de agosto, las esquivábamos en el remanso grande del río. Allí los chicos, entre los que no estaba bien visto tomar el sol tumbado en la toalla, nos retábamos para ser los primeros en sacar del agua cualquier cosa que las muchachas lanzaran y se hundiese: unas llaves, un collar, un brazalete. Al competir él y yo, como líderes en continua rivalidad, siempre proponíamos complicar el juego, de forma que tuviéramos que coger la presa sin manos y sacarla entre los dientes. Han pasado muchos años y, aunque jamás hemos hablado de ello, sé, sabíamos ambos, que era una manera de, en el fondo, comernos las bocas durante la refriega, sin que nadie lo sospechara en la superficie.

Relato finalista en LA MICRO, en la categoría de castellano, del mes de diciembre, cuyo ganador fue Rafa Heredero. Pincha AQUÍ para conocer a los otros finalistas.