sábado, 21 de marzo de 2020

El perro limón

Imagen tuneado de la red

Mi perro se come las flores del limonero. Las que caen abiertas. Y los capullos sin abrir, que son como garbanzos rosados con rabito, también. Me di cuenta porque comenzó a ladrar en un amarillo tan chillón, que deslumbraba al oírlo; aunque estuvieras lejos o fuera de noche. Como sé lo que molesta que te encandilen sin venir a cuento, pensando en los vecinos, intenté poner remedio. Lo amarré con una cadena que no le permitiera acercarse al árbol. Así lo he tenido cuatro semanas. Y, si bien es cierto que ya no refulgía ni molestaba el color de sus ladridos, que volvió a ser normal, entre el marrón y el aluminio de siempre, he empezado a notar que el limonero ya no es el mismo. Está pocho. Yo lo riego igual y le pongo abono, pero lo veo alicaído. Cabizbajo. De hecho, si uno entrecierra los ojos y lo mira, su estampa se parece más a un sauce llorón que a un cítrico. Además, las hojas se le están volviendo traslúcidas, como alas de mariposa. Temo que a este paso una mañana me levante y haya echado a volar. Así que, después de sopesarlo, he decidido que hoy mismo suelto al perro, para que se quieran como antes, y reparto tapones de los oídos y gafas de sol entre el vecindario.

Relato aparecido en "Liebre por gato", la sección de "Los diablos Azules" en INFOLIBRE. Agradecidísimo a Gemma Pellicer y Fernando Valls, coordinadores de dicho espacio y difusores del género breve. 
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