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| Foto tomada de La Micro |
Cuando Rosarito Corrales apareció en el umbral de la puerta,
habían pasado trece años y la escopeta había sido vendida a unos gitanos
chatarreros. A su madre, que le pilló montando el belén, le dio tal flojera que
tuvo que apoyarse en el quicio de la entrada, el Jesusito se le desprendió de
las manos y acabó estrellándose contra el suelo.
Y es que, aquella hija que la corriente se llevó el mismo día
en que ella metió tres cartuchos al que acabaron creyendo huido, al que siendo el
padre, la lujuria transformó en monstruo y a la niña en cadáver desaparecido; aquella
por la que llevaba dos veces luto porque nunca la sacaron del río; aquella por
la que había ido convirtiendo otro río, este de Albal, en el centro del Belén,
con pastores siempre asomados, lavanderas buscando sin lavar, Reyes Magos pensativos
ante él; aquella, ahora estaba allí. La madre, que creía estar viendo otra
visión como entonces, que se la encontraba ahogada por los rincones, sólo atinó
a musitar, hacía mucho que no te aparecías, hija. La muchacha, dándole el
puñito de Jesús, que había llegado a sus pies, contestó soltando la maleta y la
llorera, mamá, no me morí, perdóname, por eso no me encontraron.
En diciembre volví a quedar finalista en el concurso de La Microbiblioteca, en la categoría de castellano. Fue con este relato. También quedaron finalistas Pedro Herrero, Rafa Heredero y Rosa Yañez. Y el ganador fue Kalton Bruhl. Si clicáis en el enlace, podéis leerlos todos.





