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sábado, 16 de enero de 2021

Todo lo raro

Imagen de la red, tuneada

El día de Nochebuena llegó Papá Noel arrastrando los pies. No se esperó a que nos fuéramos a la cama. Ni siquiera entró por la ventana. Ni por la chimenea. No tenemos. Cuando llamó al timbre eran las siete y media de la tarde. Abrí yo y, al verlo, supe enseguida que no era ninguno de mis tíos. Su barba no era de mentira. Ni su pelo, ni sus arrugas. Ni olía como ellos. Me tocó la cabeza y sonrió, pero sin ganas ni alegría. La Tía Mercedes se quedó muda. Había llegado esa mañana. A pasar con nosotros estos días felices de dolor, había dicho. Tía Mercedes se había quedado completamente sola dos veces seguidas. La primera por mi tío, la segunda por mi abuela. Fue al principio de todo lo raro.
Cuando Papá Noel la vio, se fue hacia ella despacio. Como a cámara lenta. O como si la Navidad fuera a durar todo el año. A mi tía, inmóvil, empezó a temblarle la barbilla. Se quedaron frente a frente unos segundos larguísimos y, entonces, como si se tiraran por un balcón, se abrazaron mientras berreaban como bebés. Mi hermano, que está ya en segundo de ESO, dijo muy bajito: fuera los renos también están bramando.

Relato presentado a Zenda con #unaNavidaddiferente

sábado, 17 de octubre de 2020

LA PROMESA


La sigue hace rato. Desde que la descubrió pasando apresurada por delante de su casa, sin detenerse a mirar. Tras su puerta entreabierta, la observó parada unos instantes en medio de la plaza, junto al banco de piedra. Nadie cambia tanto ni del todo, pensó. Observándola de lejos, la tarde se vuelve antigua. Antigua y blanda, como de cielo encapotado anunciando tormenta. Luego, cuando la vio echar a andar de nuevo voceó a su madre, que andaba dentro, que salía a comprar pan. Ha regresado y tiene que explicarle. Ni siquiera oyó a la anciana decir que ya lo había comprado ella.
La persigue en la distancia. La ve saludar a alguna vecina, sonreír triste ante la casa del Segundino. “La Según”, del que todos en el pueblo se reían, hasta que se quitó la vida, y luego todos en el pueblo se arrepintieron. Una vez le ha parecido que casi le descubre, y ha disimulado mirando un escaparate. Lo ha visto hacer en las películas. Solo que le pilló ante la pescadería, y se entretuvo contemplando besugos y pescadillas. Busca ese momento en el que acercarse. Ha de preguntarle. Tiene que saberlo. Entonces, la ve tomando rumbo a Las Culebras, donde todas las generaciones juegan, y nunca pierden, a ser adultos. Es el momento. Acelerando tras ella, se siente de pronto a lomos de caballo, aunque es sólo su pecho el que trota. Contárselo. Han pasado muchos años, pero ha cumplido su palabra: ella nunca se casó.

Relato con el que participo en ZENDA, con #historiasrurales

sábado, 1 de agosto de 2020

LA FOTO

Imagen de la red
Le pedí que nos hiciera una foto en la cubierta, con el mar de fondo. En ella, Marina aparece desencajada, con una sonrisa que no lo es y la mirada hacia estribor. Yo miro al objetivo, con una felicidad que creía desbordante, cuando en realidad se me iba por la borda. Era nuestro primer crucero. Y el último. Hoy lo sé, Marina ya conocía antes de embarcar al que casualmente pedí que nos tomara la instantánea. Y el casual a Marina, también. Era yo el que no conocía a ninguno. Y en esa fotografía de nosotros dos, se le ve también a él, justo en los ojos esquivos de ella.

Relato con el que participo en Zenda, cuyo tema es #Historiasdeviajes

sábado, 7 de marzo de 2020

DESCANSO

Imagen de El País

Su madre le coge la cara entre sus manos para que solo la mire a ella y no vea nada más. Otras veces le tapa los oídos mientras canta. Pero las explosiones no le dejan oír la canción. Si corren juntos, es un juego. Lo mismo que si se esconden o guardan silencio mucho rato. Antes jugaba fuera. Ahora no. Casi no hay niños en ningún sitio y, según él, las callen están rotas. Cuando pregunta por alguien, ella le contesta que se ha ido de vacaciones. Pero él ha visto cómo algunos se van y a otros se los llevan. Aunque hay muchos a los que no ha visto irse. Ni quedarse. No los ha visto más.
Por las noches, tumbada junto a él, su mamá le cuenta historias que se inventa y otras que no. Al final, cierra los ojos para que ella crea que se ha dormido. Así puede descansar de hacer que no se asuste. Quitar el miedo debe ser lo que más cansa de este mundo. Entonces, está tan agotada, que siente que está igual de rota como su calle, y la oye llorar como hacen todas las madres.

Relato participante en la propuesta de ZENDA para el 8 de marzo, #Heroínas

lunes, 6 de enero de 2020

SED DE SANTA

Imagen casera

Todos me miran perplejos y detenidos. La abuela, que vuelve de la cocina, incluso se derrumba en la silla más próxima con la panera en la mano. A los niños, sin pestañear ni quitarme ojo de encima, los rodea su madre con los brazos. El marido aprieta en su mano el trinchador del pavo y en la otra, el cuchillo. Nadie dice nada. El árbol parpadea mudo en un rincón. Estoy a punto de soltar una risotada, pero entiendo que no viene a cuento. Finalmente, mostrándoles el balde y un cuenco vacíos, con la boca reseca, hablo yo.
—Disculpen que entre así, sé que es temprano, pero ¿podrían darme de beber? Todo está cambiando mucho, la nieve se agota pronto y en el camino no he encontrado agua potable. Los renos se me están deshidratando.

#cuentosdeNavidad para ZENDA

domingo, 15 de diciembre de 2019

INUNDADOS

Imagen tomada de la red

En la última riada perdimos a la única abuela que nos quedaba. Antiguamente las había muy a menudo. Las riadas, digo. En otras anteriores se habían llevado a mi hermano chico, con su cuna y todo, a una cuñada taquígrafa, que teníamos, un bonsái heredado y la nevera, con la compra de ese viernes recién hecha, entre otros muchos seres y enseres. Ya no hay inundaciones. Porque ya no queda nada que inundar. Todo está húmedo, anegado o sumergido. 
Antes de que se la llevara el agua también, en la tele contaban que tanta desgracia pantanosa era por causa del deshielo de los polos. Y por el clima loco y la contaminación y los plásticos en el mar y los incendios. Y por los ríos, que prefieren volver a su cauce. De eso hace ya muchos años. Por entonces, los vecinos lo comentaban cuando salían a tomar el fresco y se acababan burlando de esas ocurrencias. Ahora no hay quien salga a tomarlo, porque todo está igual de fresco y no hay que ir a buscarlo a ningún sitio. Y porque se ha de permanecer dentro, achicando agua continuamente, si se quiere respirar sin ahogos y fatigas. Además, ya nadie tiene ganas de hablar, ni motivos para reírse. Todos han perdido a alguien, arrastrado o disuelto por el agua. Y tampoco salen a la puerta por lo otro, lo peor de todo, que en la calle ahora siempre huele a seres vivos muertos.

Mi apuesta para ZENDA, sobre el cambio climático.
#COP25

sábado, 16 de febrero de 2019

Mujer al fondo


Imagen de la red

Cuando convirtió las rosas que te traía en súplicas de perdón envenenado, cesaron de alegrarte sus llaves en la puerta. Hasta dejó de angustiarte que condujera veloz o que fuese tarde y no volviera. Porque tu galán de cine había acabado transformándose en el monstruo de una película de esas que nunca terminan bien. Y mucho menos en beso.
Y ahora tú permaneces muda en ese fondo de agua verdusca y mate, sin atreverte a flotar. Donde tu pelo agarra y echa raíces, los pies se te enredan entre las algas y en tus pechos hay sapos que anidan. Y si te vieran, si alguien acertara a mirarte, con la boca echando esas flores traídas que nunca llegaste a digerir.

Microrrelato con el participé en un concurso, en el que no creo que vuelva nunca a concursar. Eso sí, muy feliz con mi relato.

jueves, 5 de julio de 2018

AMOR PARTIDO

Imagen tuneada de la red
Cuando me dijo que se había cansado de quererme, me pilló totalmente en fuera de juego. Me sentí de pronto tan amonestado, que solo deseaba volver al banquillo y ser un reserva. Desde que acabáramos invictos en nuestra primera parte, nada me había hecho presagiar semejante tanto en el marcador. Eso sí, al iniciar este segundo tiempo, que nos habíamos dado, ambos tuvimos claro que lo nuestro no era un derbi y que, por tanto, nunca más permitiríamos intervenir a la hinchada de los equipos. Únicamente nosotros dos, sin árbitros, ni aficiones desde las gradas que nos empujasen a la derrota. Solo uno contra uno y juego limpio.
Lo primero fue preguntarle, aunque imaginara su respuesta, si había algún suplente. Me aseguró que no, que no lo había, y que ni se planteaba nuevos fichajes siquiera. Entonces le hablé de una remontada, de nuevas alineaciones, de ligas, de jugones, de remates y chilenas. Pero ella levantó una mano, que despejó el esférico, y yo enmudecí. Hablando muy raso, hizo referencia a mis faltas y dijo que estaba cansada de aplicarme la ley de la ventaja. Que ya me venía avisando hacía tiempo. Que sacando amarillas continuas no se podía amar eternamente. Que para ganar un campeonato no bastaba con anhelar el trofeo, que era imprescindible, por encima de todo, entrenar, entrenar a puerta cerrada y corazón abierto. Y sin dopajes. Yo bajé la cabeza, como si me hubieran sacado una tarjeta roja muy merecida. Mi mente era una moviola. Fui consciente de que a estas alturas del encuentro, con cada tiro a puerta, tan solo habíamos sido capaces de rozar el larguero y poco más. Callando por la banda, la miré desde el córner y le pedí por favor una prórroga. Ella, con los ojos vidriosos, desde el medio del campo, me insistió en que no merecía la pena. No más regates, no más lesiones, no más pases ni contrataques; la vida es una quiniela y con el tiempo se verá, me dijo. Que lo que menos deseaba es que tuviéramos que llegar a los penaltis, que no podría soportarlo. Así que, careciendo de un triste gol o un abrazo, sonó el final del partido.
Camino de los vestuarios no volvimos a hablar. Ambos aceptábamos deportivamente el resultado. Pero ya en el túnel, tras un escueto adiós, sin títulos ni copas, al comenzar a barruntar que mientras ella había empatado un amistoso, yo me sentía descender de golpe a segunda, acabé en la ducha llorando como un alevín.

Relato con el que participo en ZENDA, cuyo tema esta vez es #historiasdefutbol

sábado, 31 de marzo de 2018

El señor Wifredo

Imagen de la red, tuneada.

El señor Wifredo vino de las estrellas. Y se volvió a ellas. No lo sabe nadie, solo mi perro y yo. Queco al verlo la primera vez comenzó a gruñir, hasta que él le acercó las manos y se puso a lamérselas. Pero yo no me rindo tan pronto. Llegó un día muy nublado de hace unos meses al tercero, segunda; justo debajo de donde yo vivo. Poco después me mandaron a pedirle un calcetín que al tender, cayó en sus cuerdas y, cuando entré en su piso, enseguida noté que era extraterrestre. Ya me habían contado que en verdad no son verdes como en las películas. En su casa está todo tan ordenado, hay tantos libros y tanta luz, que no queda otra. Además, huele a nubes. De las de gominola, que las otras no sé a qué huelen. Y suena una música que es como si no estuviera, como si no la hubiera puesto nadie. Estaba clarísimo que era uno de ellos. Encima, cuando los vecinos se cruzaban con él, se les ponía a todos de pronto cara de estar a gusto así sin más. Desde que él llegó al bloque, es como si hubieran pintado la escalera o siempre fuera domingo. En serio. Todo muy raro. Y es que sonreía siempre. Aunque no tuviera motivos, el tío. A mí eso al principio me hizo no fiarme y estar pendiente. Solo sonríen de esa forma los que se pasan de felices o los asesinos en serie. Por lo menos es así en la Tierra. A veces bajaba en ascensor con mi madre o mi padre, que a las ocho y media ya llevan cara de ser las siete de la tarde, y en cuanto él se subía era como si de pronto les lavara la cabeza y les pusiera colonia de la que huele a fresco. Igual. Entonces, como notaba que yo me doy cuenta de esas cosas, me miraba y me decía, hola, majo. Sabía que conmigo las sonrisas a secas no van. Y es que prefiero mil veces pensar a sonreír. Pero tengo que reconocer, después de montar tantas veces yendo él subido, que no era peligroso. No sonreía por maldad. Aunque tampoco sabía el porqué. Lo he descubierto más tarde.
Anoche oí algo en el patio de luces, donde da la ventana de mi cuarto. Sonaba como si cayeran poco a poco hojas de algún árbol, aunque ya sé que eso no hace ruido. Queco, que duerme a mis pies, también miró hacia afuera antes de enroscarse para el otro lado. Me asomé y lo vi. Siempre lo supe. Iba subiendo lentamente una escalera invisible de caracol cuadrado. A la altura de cada ventana, sonreía y soplaba suave. Como si mandara sonrisa en polvo a cada familia. Cuando llegó a mi altura, mi perro meneó el rabo sin moverse ni abrir los ojos. El señor Wifredo se llevó un dedo a los labios, para pedirme que guardara silencio, pero la verdad es que yo no estaba hablando, ni pensaba hacerlo. Sin decir nada, me cogió de la mano y me condujo a la azotea, por los mismos escalones transparentes que él usaba. Allí arriba me mostró la nave que tenía aparcada. Brillaba. Todo el mundo cree que los ovnis son redondos en forma de ovni, pero no. Aquel cacharro tenía forma de ensaladilla rusa puesta en el plato de cualquier manera. Era chulísimo. Entonces, me besó en la frente, me revolvió el pelo y antes de meterse dentro de la nave, volvió a ponerse el dedo en los labios. Que sí, le dije flojito pero un poco harto. Ahí sonrió, y por fin supe por qué.
Esta mañana al despertarme mi madre me dijo muy apenada que el señor Wifredo se había ido al cielo. Ya, contesté. Ella me miró como esperando algo más, pero no añadí ni una palabra. Está claro que me estaba poniendo a prueba para ver qué sabía del tema. Pero yo, sin querer apenas, solo le sonreí. Y ella, como con los bostezos, lo hizo detrás.

Relato con el que participo en ZENDA, cuyo tema esta vez es #cienciaficcion

sábado, 3 de febrero de 2018

La vida que flota

Imagen casera
Deseaba abrir la alacena donde su madre guardaba las tardes de quererse. Las de la crema de chocolate con galletas María, las de los besos sin esperarlos, las de las canciones antiguas cantadas bajito. Aquellas tardes de dibujos pintados a medias, de cosquillas de colores, de pasteles de arcilla y abrazos no rogados. Pero para abrir la puerta necesitaba la llave. Y si estuviera con las otras, en el fondo del mar, ahora no habría quien fuera a buscarla. La miró. Reposaba como siempre que volvía del hospital. Sonrió. Sonrieron. Lo llamó sin voz y se tumbó a su lado. Entonces presintió que la llave se encontraba mucho más cerca de lo que pensaba. No haría falta bucear hasta lo hondo. Él mismo iría nadando, seguro de que en cuanto la hallase, ella se levantaría de la cama, le crecería el pelo, se pondría guapa con su escote y volvería a ser una mamá entera.

Relato con el que participo en ZENDA. En esta ocasión el tema es: #historiasdesuperación

sábado, 6 de enero de 2018

PAPÁ NO ES

Foto casera
Mi padre salió por la puerta dos semanas antes de que Papá Noel entrara por la ventana. Por eso mamá nos hizo esperarlo agazapados tras el sofá y las cortinas el día de Navidad. Cuando apareció, todos a una nos echamos encima y lo atrapamos. Él en ese momento no entendió nada, en los de después, ya sí. Al día siguiente mamá hizo que se afeitara y se pusiera Grecian 2000. Ahora vive con nosotros y, aunque al principio se sentía fuera de lugar, sobre todo cuando llegó la Semana Santa, poco a poco, y con voluntad, se ha ido adaptando. Le encantan las lentejas con chorizo y los macarrones con tomate. Y cuando come en la mesa, rodeado de todos nosotros, lo hace con una cara de esas de no haber tenido nunca una familia. Ya es otro. Antes se reía muy a lo tonto, sin gracia ni nada, pero ya ha aprendido a hacerlo en nuestra lengua. Y también la habla bastante bien. Aunque cuando nos riñe, sigue teniendo un acento de Laponia que hace mucha risa. A mi madre le dice que la quiere más de lo que jamás ha querido a cualquiera de sus renos. Y ella, que no imagina cuánto puede quererse a un reno, siempre le contesta que el querer se demuestra con hechos, no con renos. Entonces él le suelta algo muy bajito en lapón, y ella se pone tan colorada que casi se entiende lo que le ha dicho.
De entrada, mi abuela materna no quería hacerse a la idea, pero ahora está entusiasmada con este yerno que continuamente le hace regalos. A mis abuelos paternos les está costando más acostumbrarse. A fin de cuentas, un hijo es un hijo, por mucho que este sea más cariñoso, los mime y tenga el detalle de sentarlos de vez en cuando sobre sus rodillas. En el barrio han empezado a murmurar cuando miran. Pero no es porque se trate de Santa Claus, si fuera un torero o un administrador de fincas también lo harían. A la gente no le gusta que los demás no sufran cuando toca hacerlo. Y a nosotros, plin.
A él la verdad es que se le ve la mar de feliz con la oportunidad que le hemos dado de ser un papá de verdad. Pero a veces, cuando va a coger una cerveza, abre a hurtadillas el congelador y se queda mirando la nieve con una tristeza que se le nota en los hombros. Todos contamos con que un día se volverá al Polo Norte. Todos, menos mamá, que nunca cuenta con que la abandonen.

Como algunos de mis principios se acaban pronto, vuelvo a ZENDA con este relato.
#cuentosdeNavidad

sábado, 16 de septiembre de 2017

Doble Pérdida

Imagen de la red
La casa ha empezado a llenarse de hormigasLas primeras aparecieron esta mañana en la alacena, junto a la mermelada que dejamos abierta. La he vaciado y limpiado con lejía, como tú habrías hecho. Pero no ha bastado, luego las he ido encontrado por todas partes. Bajo la cama, en tu mesita de noche, entre los álbumes de fotos. Ya no queda lejía. Se han llevado tus pelos de la bañera. Han invadido también el armario de las sábanas. Me ha dado por llorar. Creo que ya las tengo por dentro. Y acabo de descubrir el hormiguero. Lo han construido sobre la que iba a ser su cuna.

Micro que comienza con la frase propuesta por Ernesto Ortega, ganador merecido de la anterior edición de Relatos en Cadena, y con la que se comienza esta temporada. Siendo él quien es, cómo no iba a seguirla y crear algo con ella.

sábado, 29 de julio de 2017

MORRIÑA

Imagen tuneada de la red
Cuando llegaron a aquel pueblo de interior, temió que el aire las acabara secando por dentro. Pero comprobó, asombrada, que su hija se habituaba rápidamente a vivir lejos de la costa. No así ella, que añoraba el olor, el sonido, el horizonte marino. Tanto que muchas noches creía estar volviéndose loca y le parecía oír el mar entre sueños. Entonces, le gustaba imaginar que rompían las olas en su salón a oscuras y lo llenaban de espuma. Una madrugada, desvelada, advirtió a la cría saliendo de la habitación, dirigirse a la cocina y luego al baño. Al comprobar que no regresaba, se levantó pensando que podría estar ocurriéndole algo. Acercando la oreja creyó sentir el oleaje al otro lado de la puerta. Abrió asustada. La niña refulgía como si hubiera luna y lanzaba puñados de sal a la bañera. Había desaparecido el fondo y el agua se mecía en azul. Olía a playa. Sintió la brisa. Es para bañarme, mami. Es que si no, el mar me duele y se me sale de aquí dentro, dijo señalándose el pecho.

Micro con el que participo en Zenda, en la convocatoria #UnMarDeHistorias esperando un día dar en el clavo.

sábado, 1 de julio de 2017

Sin Orgullo

Imagen tuneada de la red
Nací con miedo. Un miedo atroz a defraudar. A los demás. A mis padres primero. Sobre todo a él, que tanto esperaba de mí, que tanto me animaba a ser lo que creía que yo era. He temido siempre. Toda la infancia y después también. Temía soñar y que se me notara en los ojos o en los gestos. Que se me salieran lo pensamientos por los dedos, por la boca, y cualquiera pudiera verlos.
Mis primeros besos de amor me supieron a trámite. Con el tiempo dejaron de saber a algo. Y así, tan insípido como asustado, un día la conozco a ella, a mi esposa, mi compañera más que mi mujer, la gran amiga a la que siempre le conté todos mis secretos, salvo uno. Y los años van pasando, y el miedo se tiñe de desazón, de conformismo, de renuncia. De silencios. Y la dicha parece que fuera así, en colores tenues y difuminados. Y uno lo acaba creyendo.
Hasta que una tarde la ironía entra por la puerta y la sinrazón galopa hacia la ventana y mi hijo nos trae a su novio a casa. Y yo, con el latido fuera del pecho, tan sorprendido y emocionado por él, tan desdichado y confuso por mí, necesito sentarme un instante para no salir volando también por el ventanal.
Hoy siento que anduve toda mi vida por el camino de al lado, no por el mío, por otro en tonos pastel; otro desde el que jamás perdí de vista al verdadero, al estridente, tan definido pero desierto, tan vacío de mí. Sí, así es. He vivido una existencia paralela a la que me tocaba, la mía permanecerá intacta, sin estrenar. Ahora sé que nací con temor y moriré sin orgullo.

Relato para #historiasconorgullo de ZENDA.

martes, 13 de junio de 2017

DALTONISMO

Modificación sobre una imagen de la red
Esperé a un día de esos que el viento mueve las espigas como si fueran olas, le tapé los ojos y la llevé ante el trigal. Mira, le dije, como el mar ese que dices. Para que veas que aquí también vas a poder soñar cuanto quieras. Noté cómo se le desilusionaban los ojos. Que no, que no era igual, que se parecía, pero que le faltaba el color. Que sin lo azul nunca sería feliz, me dijo. Entonces, me dio mucha pena. La seguí mirando sintiendo de pronto una compasión grandísima por ella, por toda la gente que distingue tan claramente los colores.

Relato para ZENDA, convocatoria #UnMarDeHistorias

sábado, 22 de abril de 2017

ACRÓSTICO

Imagen de la red
Lo oí en algún sitio y fue un chispazo detrás de mi frente: acróstico. Enseguida comencé a imaginarme a uno de ellos, con sus patas y sus pétalos y sus gafitas de leer. Luego, continué con acrósticos de todos los colores, redondos, acabados en punta, en penacho. Rugosos. Altos como farolas, con olor a limón y tarde de otoño. Chiquitines, pegados a las esquinas, perplejos, mirando a la gente pasar. Corriendo por una pradera, perseguidos por leones o guepardos. Los vi en el fondo de los océanos, meciéndose con estrellas y caballitos de mar. Los sentía en las axilas, entre los dedos de los pies, bajándome por la rabadilla. Acrósticos, acrósticos por todas partes. Cascadas, caminos, borbotones de acrósticos montándose entre sí. Blusas estampadas de acrósticos. Abandonados en los escritorios antiguos, entre la pelusilla de los cajones, con las chinchetas y las grapas oxidadas. Si te fijabas, un acróstico podía estar brillando tímido junto a Venus. O en los teclados, donde los asteriscos, los guiones y las comillas. Acrósticos. Ideaba cabellos hermosamente peinados con acrósticos y tirabuzones. Los visualizaba en los escaparates de las pastelerías, junto a los suizos y las medias lunas. O a veces se quedaba uno de ellos iluminando en naranja, rezagado, al atardecer. Acróstico. Entrando por las ventanas de los matrimonios que ya no se quieren. Lo notaba crujir en mi boca, acróstico, para salir luego ya sin cáscara por los labios. Miraba el color acróstico de sus ojos, te amé acrósticamente y sin tapujos, me dispuse a una vida acróstica y desmedida.
Un día encontré un libro titulado “Los acrósticos más hermosos”, lo cogí. Toqué la tapa, como si leyera siendo ciego, y estuve a punto de abrirlo. Pero no. Qué iba a ganar con ello. Peor aún, qué iba a perder.

Relato con el  que participo también en #historiasdelibros de ZENDA.

sábado, 15 de abril de 2017

Niña de plata

Foto casera
El día que la luna entre por tu ventana como si fuera una ola, suponiendo que la sigas dejando abierta aunque no sea verano, tal vez levantes en ese instante la vista de lo que intentas leer, para mirarte en esa otra luna, la de tu armario, eterna orilla a la que llegas buscando, cada vez más a menudo, a aquella niña que soñaba con ser de plata. Y quizá, no digo que no te espante tanto ímpetu y tanta quietud a la vez; o que no intentes saltar cuanto te cojan en medio de sus vaivenes, que no digo eso, que no; sino que, seguramente sin pretenderlo, en un descuido, te abandones, dejes el libro abierto y te vayas con la resaca, convertida de una vez por todas en la sirena que siempre quisiste ser. Entonces, nosotros, desde la orilla negra, lloraremos tu partida.

Relato con el que participo en #historiasdelibros de ZENDA. Participa, aún estás a tiempo.

sábado, 18 de marzo de 2017

EL VESTIDO

Imagen de la red, tuneada.
Simona sale cada mañana con un vestido nuevo de igualdad, estampado de razones y derechos. Pero conforme pasa el día, la tela va perdiendo su color. Se destiñe con ese roce continuo que discrimina, con esa pasividad que despinta y amarillea. Sin poder evitarlo ella, se le descose el dobladillo de pura misoginia. Le rompe las costuras tanta violencia. Cada abuso es una mancha que no se quita; cada asesinato, un jirón sobre su ropa. Cuando llega la noche, camina vestida con unos harapos descoloridos que desconsuelan. Y al entrar en casa, tan muerta, ya solo lleva encima andrajos. Sucios. Andrajos completamente sucios de diferencia.

El otro relato con el que participé en ZENDA, en la convocatoria #historiasporlaigualdad.

sábado, 11 de marzo de 2017

LAPSUS

Imagen de la red, tuneada.
Marisol se levantó tarareando. Aunque no era propio de ella, que se despertaba siempre enfurruñada con la vida. Se duchó, se puso crema hidratante, insistiendo en los pechos. Escogió ropa de la comprada la semana anterior y se maquilló, discretamente según ella. Una vez peinada, y con unas gotitas de perfume, se miró y a su cara le dijo: te quiero más que a mí misma. Y se echó a reír a carcajadas desproporcionadas, más por la emoción, que le rebosaba, que por la ocurrencia. Ese día no iría a trabajar, se lo había tomado libre porque tenía cosas más importantes que hacer. Antes de salir la llamó su madre que insistió en acompañarla, porque si la primera tuvo que dejar que se encargara el padre, en esta ocasión quería estar ella presente porque sí y no se hable más. Por el camino recibió las miradas de siempre, pero esta vez no pareció notarlas. Y al llegar a la puerta ya estaba allí esperándola, con un ramo de flores variadas en la mano. Ella no pudo evitar un puchero fugaz al verlo, y su madre una llorera profunda al entregárselo. Permanecieron un rato en la acera abrazadas, diciéndose palabras que no acababan de pronunciar, intercambiando pensamientos que no necesitaban articularse. Luego, ya más tranquilas, con el carmín ajeno borrado de las mejillas y los senderos del rímel eliminados, recompuestas y con el orgullo de nuevo en su sitio, entraron al reino de los archivos grises. Esperaron su turno sonriéndose cada poco. Y cuando les tocó, Marisol, que debía pelear dos veces por la igualdad, puso sobre el mostrador que separaba el mundo registrado del real, los documentos tantas veces repasados y ordenados. Aquí tiene, le dijo al funcionario de los juzgados, ahora sí, póngame por fin el nombre que mi madre eligió para mí y que la naturaleza, en un lapsus, trocó por el de mi padrino. 

Relato con el que participo en la convocatoria de #historiasporlaigualdad de ZENDA. Si te apatece, el plazo finaliza el domingo, 12 de marzo.
El 28 de junio le doy a este texto una segunda oportunidad, porque lo vale, con #historiasconorgullo

martes, 3 de enero de 2017

De Medidas Y Desmedidas

Foto casera
Tiempo atrás mi casa era como las de los demás. Se reñía lo indispensable, se hacían tarde los deberes y se tenían más ganas que chocolate en la despensa. Nos bañábamos todos el mismo día. Se lloraba lo justo para vivir. Para entretenernos, nos rascábamos la espalda unos a otros porque daba más gusto. Y al llegar la Navidad parecía que teníamos de todo, aunque seguíamos sin tener casi nada. Lo normal. Ni desgraciados ni lo contrario del todo. Pero a partir de aquella tarde que la Rosi llegó con las medias destrozadas, todo se desmidió y se alteraron las medidas. Las riñas, el chocolate, las horas, los baños, los lloros. Ahora la Nochebuena, por mucho que intentemos disimularlo con villancicos que nadie sigue, es una noche tan mala como las demás. Y por supuesto, el acariciarse entre nosotros dejó de ser una forma gratis de ser feliz.

Relato con el que participo en el concurso de #cuentosdeNavidad de ZENDALIBROS.COM 
Si te apetece, aún estás a tiempo de hacerlo tú: el mismo enlace te lleva a la página de inscripción.