El abuelo siempre hablaba de aquellos años, donde el futuro era
color de rata, decía. Me contaba que por entonces los jóvenes tenían que emigrar para asegurarse un futuro, y que lo de
estudiar era sólo casi para señoritos. Que los ricos eran muy ricos y que
muchos de los que no lo eran, vivían de beneficencia; o de la caridad de los primeros,
a los que les encantaba jactarse de ello. Que los que trabajaban no podían
permitirse lujos, pero eran muy afortunados por tener con qué mantener a su
familia, y a alguna más. Que continuamente la vida se encarecía al tiempo que
los salarios menguaban. Que uno pagaba hasta para ir al médico. Que lo de tener
casa propia era un sueño, al alcance de pocos, que podía acabar en pesadilla
para muchos. Que los políticos hacían como que hacían para cambiar las cosas,
para así no tener que hacer nada por cambiarlas. Que las leyes casi siempre
beneficiaban al poder, no a los justos.
Mi abuelo hablaba con indignación de aquella época plagada de
injusticias que le tocó vivir, en la que el pueblo apenas tenía derechos,
mientras el rey apuntaba para otro lado. Cierto es que a lo mejor chocheaba un
poco, pero quizá era verdad que a principios del siglo veintiuno las cosas eran
así.
Esta es mi propuesta para la tercera y última Jornada de la PRIMAVERA DE MICRORRELATOS INDIGNADOS,
promovida por Miguel Torija y Rosana Alonso. Desde aquí mi enhorabuena a ambos por la tremenda repercusión que ha tenido su iniciativa a lo largo de estas tres semanas.