sábado, 22 de febrero de 2020

La pérdida del Sahara

Imagen de la red

Serafín enviaba cartas desde el Sáhara que hacían llorar a las mujeres de la familia, sin distinción. Y a algún que otro hombre, con disimulo. Sobre todo, desconsolaban a su novia, que era incapaz de sobreponerse a la fórmula de kilómetros por dolor, partido por tiempo, que le daba como resultado su propio desierto, árido a más no poder; y a la madre, que no acababa de situar África en el enorme extranjero del que todos hablaban, ni imaginar, ella, que jamás había pisado la playa, que tanta arena junta fuera posible ni buena para nadie.
La mañana que volvió, después de tres años, les trajo una pañoleta con un mapamundi pintado a la chica y un cenicero con el escudo de la Legión a la madre. En el que, por supuesto, ella no iba a dejar que echaran ceniza, que para eso ya había otros repartidos por la casa. Sobre el pañuelo, el recién licenciado les señaló con el índice dónde estaba el lejano desierto, tan próximo ahí a España. Era la primera vez que ambas miraban el mundo entero de cerca y le sacaban algo de provecho. La madre lloró un poco más, aunque le pareciera menos remoto que antes, y se fue a por un conejo para hacer un arroz con él; que a saber lo que se comía por esos mundos raros y que tardaría un poco, se levantó diciendo. Y mientras él, ya a solas, le daba besitos por el cuello y la nuca, la joven, observando aún el continente, fue descubriendo nombres que ella asociaba a Liz Taylor, a Ingrid Bergman, a la Hepburn, a Ava Gardner; todas ellas conocidas suyas del cine de verano. Cuando alzó la cabeza para mirarle, era otra: África le brillaba en los ojos, y el Kilimanjaro le asomaba por el botón recién abierto de su escote.

Relato que obtuvo el 2º Premio en el "I Certamen de Microrrelatos A.VV. Muñoz Arenilla y Reina Victoria", de Cádiz, alla por el mes de diciembre.

sábado, 25 de enero de 2020

El deseo inmerso

Imagen del certamen

Las tardes de por sí aquietadas de los domingos, amordazadas además por el calor de agosto, las esquivábamos en el remanso grande del río. Allí los chicos, entre los que no estaba bien visto tomar el sol tumbado en la toalla, nos retábamos para ser los primeros en sacar del agua cualquier cosa que las muchachas lanzaran y se hundiese: unas llaves, un collar, un brazalete. Al competir él y yo, como líderes en continua rivalidad, siempre proponíamos complicar el juego, de forma que tuviéramos que coger la presa sin manos y sacarla entre los dientes. Han pasado muchos años y, aunque jamás hemos hablado de ello, sé, sabíamos ambos, que era una manera de, en el fondo, comernos las bocas durante la refriega, sin que nadie lo sospechara en la superficie.

Relato finalista en LA MICRO, en la categoría de castellano, del mes de diciembre, cuyo ganador fue Rafa Heredero. Pincha AQUÍ para conocer a los otros finalistas.

sábado, 11 de enero de 2020

La extraña visita


Imagen de la red
Sí, el mismo —responde ella—. Disculpen que no me levante.
Mira a su marido, que sigue como ensimismado, sin decir apenas nada. Todo el embarazo lo ha pasado igual. Tan pendiente de las aves, desde entonces.
Cuando uno de ellos hinca la rodilla en el suelo, se percata del embelesamiento con el que observan al niño. Incómoda, lo coge de la cuna y lo aprieta contra su pecho y, para desviar la atención de esos señores tan finamente vestidos, de los que no tiene claras sus intenciones, retoma la palabra.
—Así que vienen ustedes, los tres de Oriente.

Relato que resultó mencionado en la VII Certamen de microrrelato REALIDAD ILUSORIA. Pincha AQUÍ para conocer al resto de mencionados, ganador y finalistas, entre los que hay un buen puñado de amigos y talentosos escritores. 
Gracias, Miguel Ángel Page, por toda la ilusión, y al jurado, por la faena en estos días señados.

lunes, 6 de enero de 2020

SED DE SANTA

Imagen casera

Todos me miran perplejos y detenidos. La abuela, que vuelve de la cocina, incluso se derrumba en la silla más próxima con la panera en la mano. A los niños, sin pestañear ni quitarme ojo de encima, los rodea su madre con los brazos. El marido aprieta en su mano el trinchador del pavo y en la otra, el cuchillo. Nadie dice nada. El árbol parpadea mudo en un rincón. Estoy a punto de soltar una risotada, pero entiendo que no viene a cuento. Finalmente, mostrándoles el balde y un cuenco vacíos, con la boca reseca, hablo yo.
—Disculpen que entre así, sé que es temprano, pero ¿podrían darme de beber? Todo está cambiando mucho, la nieve se agota pronto y en el camino no he encontrado agua potable. Los renos se me están deshidratando.

#cuentosdeNavidad para ZENDA

domingo, 15 de diciembre de 2019

INUNDADOS

Imagen tomada de la red

En la última riada perdimos a la única abuela que nos quedaba. Antiguamente las había muy a menudo. Las riadas, digo. En otras anteriores se habían llevado a mi hermano chico, con su cuna y todo, a una cuñada taquígrafa, que teníamos, un bonsái heredado y la nevera, con la compra de ese viernes recién hecha, entre otros muchos seres y enseres. Ya no hay inundaciones. Porque ya no queda nada que inundar. Todo está húmedo, anegado o sumergido. 
Antes de que se la llevara el agua también, en la tele contaban que tanta desgracia pantanosa era por causa del deshielo de los polos. Y por el clima loco y la contaminación y los plásticos en el mar y los incendios. Y por los ríos, que prefieren volver a su cauce. De eso hace ya muchos años. Por entonces, los vecinos lo comentaban cuando salían a tomar el fresco y se acababan burlando de esas ocurrencias. Ahora no hay quien salga a tomarlo, porque todo está igual de fresco y no hay que ir a buscarlo a ningún sitio. Y porque se ha de permanecer dentro, achicando agua continuamente, si se quiere respirar sin ahogos y fatigas. Además, ya nadie tiene ganas de hablar, ni motivos para reírse. Todos han perdido a alguien, arrastrado o disuelto por el agua. Y tampoco salen a la puerta por lo otro, lo peor de todo, que en la calle ahora siempre huele a seres vivos muertos.

Mi apuesta para ZENDA, sobre el cambio climático.
#COP25

sábado, 16 de noviembre de 2019

Dos silencios

Imagen de La Micro
Habíamos oído hablar de él. Aun así, o quizá por ello, hubo una chillería colectiva y desmesurada cuando apareció de pronto de entre la espesura. Fueron unos instantes de confusión y espanto, de nervios con cierto toque también de fascinación. Abrazadas entre nosotras, lo vimos volver a desaparecer precipitadamente, más veloz incluso que como llegó. Todas, aún escandalizadas, seguían gritando. Menos yo, que me había quedado muda. Y continué igual al llegar a casa, cuando mamá me preguntó por la excursión y no supe qué decir; ni cuando miré a papá, que no levantaba la cabeza del diario para saludarme.

Tras quedar como ganador anual la edición pasada, con La Vida Ahogada, este es el relato que ha resultado ganador este octubre, en la categoría en castellano, en la actual IX Edición del Microconcurso de La Microbiblioteca. Felicísimo, ¿cómo voy a estar?
Para leer el ganador en català de este mes, pincha AQUÍ.

sábado, 6 de julio de 2019

Dentro de lo malo

Imagen tuneada de  la red
Nos apenó que no le quedara ni un recuerdo para rellenarlas. Las sobremesas con la tía Carmina siempre habían sido lo mejor de volver en verano. Sesiones repletas de picardía. De rencillas antiguas, amorosas y de otras. De líos, revelaciones y misterios. De comadreos del pueblo. A veces aparecían repentinos pellizcos de posguerra, de hambre, disparos y traiciones, que la fundían a negro. Pero pronto remontaba rescatando otras risas del pasado con las que salpicarnos a todos en el presente. 
Era triste ahora verla así, sonriendo muda sin dientes, como un bebé vestido de oscuro. Dolía. Entonces, alguien dijo: lo bueno es que también se le habrá borrado la guerra.

Tercera y última llamada de Relatos en Cadena, en esta edición que el próximo lunes finaliza. Esta vez tampoco superé la semanal. La temporada que viene, ahí, con más ilusión.